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lunes, abril 16, 2007

De...s...concierto

Antes de irme a Nueva York, inauguré la temporada 2007 de conciertos. El primero fue el de Nelly Furtado, que fue en el Air Canada Centre. En Caracas, fui a muchos conciertos multitudinarios por decirlo de alguna manera (y por no encontrar una frase menos Sábado Sensacional para describirlos) y debo resaltar un par de diferencias entre los conciertos aquí y allá.
  • Aquí nadie te raquetea en la entrada. Yo fui con un bolso y lo que hicieron fue pesarlo con la mano y medio ver lo que había adentro. Cero metedera de mano ni halada de pantalones.
  • La entrada me la revisaron una vez, con una maquinita al entrar. Después más nunca. En Caracas hay como 8 puntos de chequeo entre La Rinconada y El Poliedro para desviarte entre V.I.P, Preferencial 1, Preferencial 2, Grada o General. Lo que me lleva al punto siguiente:
  • No hay olla. Los puestos son numerados.
  • Nadie vende pinchos, ni parrilla, ni chucherías, ni el combo pirata de CDs, ni la bandana con letras hechas con pega y escarcha amarilla (que por lo general tiene borrado un "Olga Tañón Tour 2002"), ni hay puestos para hacer llamadas telefónicas... pero los buhoneros (latinos, por cierto) sí te venden la foto pirata del artista al salir.
  • La gente no lanza botellas de agua al escenario... ni sostenes.
El día siguiente vi a Lilly Allen en The Phoenix, que no tiene nada qué envidiarle a cualquier discoteca de Las Mercedes. Esta fue una experiencia más parecida a la venezolana. Sólo que la gente que bebe está en el fondo del local, separada de la gente que no bebe. Nos encontramos entonces en lo que denominé una olla zanahoria, donde la gente no se empuja y mantiene una distancia prudencial entre hombro y hombro.

Digo, ¿quién coño disfruta un concierto con tantas comodidades?

sábado, abril 14, 2007

Hostal "Royal Manzanares"

Mención especial merece el hostal donde nos quedamos durante nuestra estadía en Nueva York. Para quienes no sabe, un hostal es como un hotel donde las habitaciones y baños son compartidos. Ya antes me había quedado una noche en un hostal en Madrid y la experiencia fue excelente: no hay nada más barato, por lo general es pura gente joven, estudiante, pelabola, super pana, respetuosa... ¡como uno!

Teníamos dos reservaciones porque yo me quedaba cinco noches y María Gabriela dos. Llegamos el primer día, nos registramos y nos dijeron que íbamos a estar en una habitación una noche y en otra la noche siguiente. Cabe destacar que la habitación era de 8 personas. A eso de las 4 de la mañana se siente un movimiento raro en la habitación y una susurradera, risas entrecortadas, movimiento de maletas y la voz de una española diciendo "¿dónde coño está la factura Carlos? ¡hay alguien en mi cama!" El desastre siguió hasta las 6 más o menos y a las 7 sonó nuestro despertador. María Gabriela tomó la venganza en sus manos y se secó el cabello, despertando a toda el ala sur del hostal.

Bajamos entonces a la recepción para que nos dijeran a dónde nos teníamos que mudar y nos dicen "¡eran ustedes! La habitación que les dieron ayer era la que debían ocupar esta noche"... y todo estuvo claro.

Luego de que Lela se fue, me mudaron a una habitación de cuatro camas con tres personas "muy limpias y ordenadas", que llegaban siempre armando escándalo a eso de las 4... una de las cuales roncaba como nunca antes había escuchado roncar a nadie. El ronquido parecía diseñado por la misma gente que diseñó las planillas de depósito de Venezuela, con el único y firme propósito de hacerle miserable la vida a quien sea que durmiera a 150 metros de él. ¡Pobre familia! Mi consuelo en medio de la impotencia y el cansancio fue pensar en la ruina de vida en pareja que tendrá ese carajo toda su vida. Buajajaja.

Moraleja: si se quedan en un hostal procuren quedarse en habitaciones con pocas camas o viajar en grupos grandes, de forma tal que puedan ocupar la mayor parte. Mejor malo conocido...

jueves, abril 12, 2007

New York

Poner en palabras la montaña rusa de emociones por la que pasé la semana pasada es como pretender que nadie piense en el limpiador de pocetas Más cuando alguien dice "puede pasar con confianza": casi imposible.

El 6 de abril cumplí uno de mis sueños: conocer la Gran Manzana. Venía de regreso en el avión pensando en cómo todo lo que sucedió en ese viaje sucedió por una razón (los detalles de los acontecimientos quedarán en mi memoria y en la de quienes estuvieron ahí conmigo física o telefónicamente y no aquí... así que dejen el chisme, que sé que no les gusta... pero les entretiene). Fue sencillamente perfecto. Y no porque haya sido todo felicidad, sino porque lo tuvo todo. Fue integral. Fue matar la fiebre (por supuesto), pero fue también cerrar capítulos... y abrir nuevos.

--- fin de la parte Carlos Fraga del post ---

Conté con la suerte de tener conmigo a mi prima María Gabriela en parte del viaje y una lista de lugares sugeridos por Scott, uno de los productores que trabaja conmigo aquí en Toronto, que vivió en NYC por tres años y sabe cómo se bate el cobre. Así que tuve la experiencia turística básica pero también tuve una experiencia más propiamente neoyorkina, por llamarle de alguna manera.

Pude ver de cerca los clásicos:
  • Times Square: que me desarmó por completo, como si fuera la primera vez, todas y cada una de las veces que lo visité.
  • Central Park: mágico. Nada como la energía de acostarse en la grama bajo el Sol, comiendo una barra de chocolate Lindt (comprada en la 5ta. Avenida, por supuesto).
  • Empire State.
  • Rockefeller Center: Top of the Rock ofrece, de lejos, la mejor vista de Manhattan con la mitad de la gente del Empire State.
  • Battery Park: desde donde se ve la Estatua de la Libertad a lo lejos, por allá botada.
  • Puente de Brooklyn: otra de esas grandes imágenes que todos tenemos de la ciudad. Excelente caminata.
  • Ground Zero: estar ahí, recordar lo que sucedió y sentir que falta algo fue una de las sensaciones más oscuras del viaje.
  • Grand Central.
  • Wall Street.
  • Edificio Chrysler: mi edificio favorito en el paisaje de Manhattan.
  • El Fantasma de la Ópera en Broadway: no me pareció la gran cosa. Ojo, los asientos baratos no son asientos... son lugares detrás de las barandas, de pie.
  • Lincoln Center.
  • Soho.
  • El Moma: donde vi una exposición de Armando Reverón que me alborotó el tricolor patrio interno. ¡Demasiado! Desde "La persistencia de la memoria" de Dalí, "One: Number 31, 1950" de Pollock, "The Starry night" de Van Gogh, pasando el "Broadway Boogie Woogie" de Mondrian hasta llegar a las latas de sopa Campbell's de Warhol.
  • El Metropolitan.
Pero además asistí a una noche de comedia en el Comedy Cellar (donde de vez en cuando se dejan ver personajes como Robin Williams, Ray Romano, Wanda Sykes y Chris Rock y donde pude ver a Colin Quinn de Saturday Night Live (aunque su show no me gustó mucho)), agarré la vibra de Harlem caminando por la calle 125, almorcé en el restaurante más famoso de soul food, Sylvia's Soul Food; me tomé un martini en Shalel, un bar marroquí muy chic escondido en un sótano en Columbus con la 70 (donde casualmente conocí al dueño, muy simpático), me tomé unas cervezas en el White Horse Tavern, cuna de legendarios escritores y donde Dylan Thomas literalmente bebió hasta que se murió...

Fue entonces una experiencia muy completa, en lo turístico y lo personal. Sí, le pegué un buen mordisco a la manzana... pero ahora es cuando le queda 'cajne'.