Testimonio neomadrileño
Llegué.
Claro que llegué. Desde que me bajé del avión he tenido una ronda incesante de diligencias y es ahora cuando finalmente me he podido sentar a ordenar mis pensamientos. Que si la Seguridad Social, el Empadronamiento, el Consulado Italiano, la cuenta del banco, el NIE -que se pronuncia níe, no nié como el de Er Conde- y finalmente, el apartamento.
El jet lag me tenía desconcertado, pero ya estoy en zona horaria +1 GMT en cuerpo y alma y puedo dar mi testimonio de recién llegado.
Madrid me recuerda a veces a Caracas y a Bogotá. La arquitectura, la gente, la vibra tiene una familiaridad que se detecta rápidamente. Es una ciudad que mezcla el espíritu de Viejo Mundo con la modernidad. Una ciudad que se vive caminando, explorando. El Metro es fantástico y cubre toda la ciudad. El clima, en comparación con el de Toronto, es delicioso. Para mí ha sido como una extensión mágica del otoño. Los días son generalmente soleados y la brisa es fresca.
El otro día estaba haciendo diligencias y encontré una panadería donde vendían palmeritas de hojaldre. Resulta que es bastante común toparse con sitios para comerse una pasta seca o un dulcito como un venezolano está acostumbrado. Así que de entrada, la comida ha sido una mejora considerable. Si bien Toronto tiene gran cantidad de restaurantes con comida de todo el mundo, ya estaba fastidiado de los sitios a donde iba típicamente y volver a una comida con un feeling más casero -aunque mucho más grasiento- me ha sentado bien.
Todavía no me han mirado raro cuando hablo. Las conversaciones comunes con los venezolanos incluyen por lo general el tema del idioma y las diferencias que a veces hacen de la comunicación una incomunicación. Las adaptaciones de anglicismos son geniales. Por ejemplo, aquí no se comen un waffle con sundae, sino un gofre con sandy. Papo se murió.
De cosas que tuve que dejar y extrañaré, se encuentra en primer lugar sin duda la secadora. Aquí le tienen tirria a tan útil y maravilloso invento por aquello del consumo eléctrico... pero al mismo tiempo son fanáticos del lavaplatos eléctrico porque -aparentemente- ahorra agua. Sin secadora, ahora tengo que planificar mis lavadas de ropa, so pena de ir a trabajar alguna vez con los pantalones mojados.
Todo está doblado al español, pero el acento me parece muy falso. Es como si los actores estuvieran en un constante estado de excitación. Y si las propagandas demandan un grado de sensualidad sientes como que si te lamieran la oreja sin permiso, siendo hasta ahora la más abusadora la de los chocolates Lindor Lindt. Es una violación auditiva. De igual forma el lenguaje en televisión ha sido un choque. En televisión nacional dicen puta y en Disney Channel dicen culo. Me pregunto qué sucedería si a Zapatero se le ocurriera aplicar la Ley Resorte en España. Lo bueno es que ya pillé que los programas vienen en SAP.
Hay cines con películas en versión original subtitulada, pero son pocos y viejos. Me sale cambiar el cine por el teatro, que en Madrid abunda. La oferta de teatro clásico, ópera, comedia y musicales es abundante. Ya estoy anotado para Chicago y para una obra con Maribel Verdú en la Gran Vía.
Como siempre, todo cambio implica ganar algunas cosas y perder otras y la felicidad no es menos válida secando la ropa al sol.





