Subscribe Twitter Facebook

lunes, enero 14, 2008

Llegar a Toronto (tercera entrega de la serie "Venezuela encore une fois")


La ley de Murphy dice que si algo puede salir mal, saldrá mal. Esto viene directamente ligado al hecho de que hoy, tras una semana de haber llegado a Toronto, no sé dónde están mis interiores.

El viernes me dieron noticias de que mis maletas habían aparecido, estaban en Pearson e iban a ser enviadas a mi casa. Todo bien. Lo único con lo que no conté: que me llamarían en mitad de un almuerzo. El tipo no muy amablemente y dejando ver cierto venezolanismo, me dijo que iban a pasar por mi casa "en las siguientes dos horas". Yo, esperando mi comida, sentado en el restaurant, le pedí que las llevara "en dos horas" y el tipo quedó en llamarme de nuevo.

No ha llamado.

Ni hice mercado esperando la llamada, así que esta semana me sale dieta de arepa con diablitos y atún. Estoy básicamente en la misma condición en la que estaba tal día como hoy hace una semana... bueno, el baño está limpio. Lo limpié hoy. Eso es todo.

Esta semana aprendí una lección importante: no es sólo llegar lo que importa, sino llegar completo y sin dejar atrás asuntos pendientes... y que es bueno viajar con la ropa interior en el carry on.

jueves, enero 10, 2008

Salir de Caracas (segunda entrega de la serie "Venezuela encore une fois")

El avión despega, dejando a Manhattan sumido en neblina.

Podemos comenzar por resaltar el hecho de que llegué sin maletas a Canadá. El 5 de enero, en vía a Toronto, hice escala en Nueva York y no alcancé llegar al otro vuelo. El problema fue que las maletas no pasaron automáticamente al otro avión sino que tuvimos que esperarlas y re-chequearlas. Además de eso, había una correa transportadora dañada en JFK. Nos quedamos todos.

Salimos al día siguiente desde La Guardia y al llegar a Pearson en Toronto, llené un formulario reclamando la maleta y que esa me llegaba "en la tarde". Es importante preguntar la tarde de qué día porque ya han pasado 4 tardes y todavía sigo con cuatro pares de medias y tres interiores.

Por lo menos no tuve episodios con pañales mal dispuestos.

Que me digan lo que quieran, pero no me quería regresar. Este viaje fue muy intenso para mí, porque es la primera vez que paso tanto tiempo fuera de Venezuela. La experiencia me sirvió para atesorar las cosas que tengo allá y las que tengo aquí, y comenzar a pensar en qué es lo que quiero en mi vida.

Y muchos dirán "¡qué demonios tenemos en Venezuela que no puedas encontrar mejor afuera! ¡Esto es una pocilga donde no hay salida!" y yo les responderé:
  • Los heladeros: la emoción de escuchar el tilín tilín en la calle de tu casa y bajar corriendo gritando "¡heladero!" desaforado, poniéndote las cholas, para comprar ese heladito que va a apagar el calor por un ratico.
  • Centros de Comunicación: nadie recuerda lo incómodo que es hablar en un teléfono público, ahí de pie, con todo el mundo escuchando. Nada como la comodidad de hablar con el mundo, cómodamente sentado y sin tener que comprar tarjetas de teléfono. Las cabinitas son un producto para exportar.
  • Pirulín: sí, se consigue Harina PAN, se consigue Maltín Polar... pero la vida es miserable sin Pirulín. Punto.
  • Las panaderías: primero que nada, la nota máxima de ser reconocido como un ciudadano del mundo y ser felicitado con un Feliz Navidad, un Merry Christmas, un Boas Festas y un Buon Natale. Además, un cachito de jamón cobra dimensiones semi-divinas al tener un año sin comerlos. Si está acompañado de un cremoso medio litro de Riko Malt, probablemente amerite ir a cambiarse los interiores.
  • Las playas: la que sea, en compañía de gente querida y amigos.
  • Las películas subtituladas: hay que aceptar que pocas películas se entienden perfecto si no tienen subtítulos. Yo siempre que las veo en la casa se los pongo (en inglés para mejorar la gramática, pero se los pongo). Y eso que en un año he podido mejorar el oído lo suficiente como para poder entender casi todos los diálogos... hasta que viene y habla un tejano o la bicha fea esa de los Piratas del Caribe que habla como Escarlata.
Yo sé que Caracas es un caos, que la cosa está calmada por ahora, que este año va a ser Rudolph para muchos, pero no puedo negar que en esta oportunidad, llegar a Venezuela fue para mí como llegar a la sala de mi casa tras un día en el Centro.

sábado, enero 05, 2008

Llegar a Caracas (primera entrega de la serie "Venezuela encore une fois")


Ya hace poco más de dos semanas llegué a Caracas. Este ha sido un viaje muy importante para mí y ha estado lleno de todo un poco. Es increíble cómo el tiempo pasa volando cuando uno la está pasando bien. Igualmente, cómo ve uno las cosas tras tanto tiempo fuera. Supongo que eso será materia para otro post. Para ir por partes y cronológicamente, les relato mi particular odisea para llegar a Caracas hace dos semanas.

Cuando veníamos, estuvimos esperando dos horas y media para abordar en avión en Miami porque según el capitán de la aeronave "la cabina estaba muy caliente". La gente se quedó impávida, algunos con cara de "qué habrán estado haciendo los pasajeros anteriores en ese avión" Mi hipótesis es que cuando te dan una explicación tan incoherente, uno no sabe qué responder y quedas completamente desarmado. ¿Quién puede contra ese argumento?

Finalmente abordamos el avión y ya todo estaba aparentemente listo para el despegue cuando noté que varios técnicos de mantenimiento del avión iban y venían a uno de los baños cerca de mi asiento. Tras 20 minutos de espera en la cabina caliente, nos pidieron amablemente por el parlante que no arrojáramos pañales al baño porque se tapan las pocetas y se dañan y pueden causar filtraciones que podían causar la caída del avión. Sólo puedo añadir que yo no fui.

Como decía, es increíble la sensación de estar de nuevo en Caracas tras un año de ausencia. Uno se acostumbra a su nueva realidad en su nuevo país y volver a estar en la plaza Altamira esperando un Metrobús te hace sentir que todo es mentira, de que uno nunca se ha ido y de que todo ha sido un sueño del cual uno despierta cuando un pendejo se queda atravesado en un semáforo trancando el paso del otro canal y entre cornetas se escucha un ¡ñoetumaaaadre! perdiendo volumen.

Veo la ciudad más o menos igual, con una cantidad ingente de propaganda política, resaltada por un recurrente poster blanco con letras rojas que rezan "Por ahora". Sin embargo, a pesar de la amenaza, veo a la gente poco tensa y a la ciudad fluyendo apaciblemente (claro, hay que considerar que muchísima gente está de viaje y la ciudad se conveirte en una versión light de lo que realmente es).

Ya mañana me voy y honestamente despedirme no quisiera. Cuando me fui el 18 de diciembre de 2006, me fui muy molesto y con la sensación de que no iba a querer volver nunca más. Durante estas dos semanas, hice las paces con Venezuela.